Estudio: Rabo e Gallo
@raboegallo
Vidal no comenzó directamente diseñando productos. Durante un tiempo se enfocó en apoyar a los artesanos, especialmente en procesos de empaque. “Al principio fue mucho empaque para los productos de ellos, y ya comencé a trabajar más en la parte de diseño y producción”, recuerda. Ese tránsito lo llevó a recorrer distintos municipios del país, trabajando de cerca con comunidades rurales. Entre risas, cuenta que les decía a sus amigos que era “un diseñador intermunicipal”.
Ese ir y venir constante entre territorios despertó algo más profundo: la identificación de patrones culturales que se repetían. “Comencé a ver ciertos elementos que se repetían en municipios, pero como la gente está acostumbrada a verlos no los identifica. Yo me movía de un municipio a otro y decía: ‘mira esto’”. Colores, formas, baldosas, gráficos populares, objetos cotidianos. Todo empezaba a conectarse.
Nacido en el Tolima y criado hasta los diez años en Valle de San Juan, su memoria está hecha de casas amplias, techos de teja de barro y pisos con “florituras, baldosas arábicas”. Años después, al viajar por otros departamentos, volvió a encontrarse con esos mismos pisos. “Mucha gente me decía: ‘la casa de mi abuela tiene ese piso’, ‘en el colegio donde estudié estaba esa baldosa’. Hay algo que sigue ahí, algo que va uniendo diferentes partes”.
De esa observación surgieron sus primeras colecciones: las Chivas con pañoletas y una serie de músicos inspirada en baldosas. Las chivas —vehículos tradicionales que recorren las montañas andinas— se convirtieron en símbolo central de su trabajo. “Las chivas tienen mucho referente a las montañas, porque son las que suben y bajan al mercado, las que transportan personas. Siempre habitan esos paisajes verdes”. Para Vidal, la chiva no rompe el paisaje con sus colores: “se integra, es parte del mismo entorno”.
El concepto de diseñar desde las montañas va más allá de lo geográfico. “La montaña es libertad. Es subir despacio, sin afán, mirando y respirando”. En esa experiencia encuentra una metáfora para su proceso creativo: detenerse, contemplar, reconocer lo que está detrás. “Yo siempre lo vi, pero nunca lo había visto de esa forma”.
Proyecto seleccionado para la exposición “Diseñar desde las montañas”, en el Madrid Design Festival 2026.

Su trabajo dialoga con referentes como Nadin Ospina, a quien admira por fusionar elementos precolombinos con figuras de la cultura pop, y el diseñador mexicano Ariel Rojo, de quien destaca esa fórmula que mezcla lo popular con conceptos contemporáneos. “Me parecía muy divertido cómo fusionaba elementos que supuestamente estarían en polos opuestos. ¿Pero cómo lo logra?”. Esa pregunta, en cierta forma, también guía su propia exploración.
En Rabo e Gallo, el recorrido es “certero por esos elementos que autentifican”: la pañoleta roja del sanjuanero y el bambuco, el pocillo de café con florecita rosada, el jabón rey, los objetos que habitan las casas colombianas y construyen el imaginario colectivo. “Siento que va más hacia eso, a lo que la gente recuerda”.
Para Vidal, el diseño es una forma de cerrar círculos: folclor, montaña, campo, tradiciones, memoria. “Yo crecí envuelto en todo eso, en bailes y música. Cada vez que veo elementos particulares de la forma, me atraen”.
Además de su práctica profesional, es instructor y profesor de artes en la Fundación Claret Hogares Claret, donde continúa sembrando esa mirada atenta en nuevas generaciones. Cree firmemente en el papel transformador del diseño en el desarrollo regional: “Los diseñadores son los que se ponen a pensar, los que observan, los que muestran. Creo que son los que mueven realmente la cultura y la estética de las ciudades y los lugares”.
Su mensaje final es una invitación sencilla pero profunda: “Siempre hay que observar. Por más que existan las inteligencias artificiales, debemos ser observadores, vivir las experiencias y transmitirlas”.
En la obra de Cristhian Vidal, la montaña no es solo paisaje: es ritmo, memoria y punto de partida para redescubrir lo que siempre ha estado ahí.

