Julián Salazar Valencia: diseñar desde las montañas, gestionar desde el territorio

Desde hace más de una década, Julián Salazar Valencia ha construido un camino entre la gestión cultural y el diseño editorial. Comunicador de vocación y gestor por convicción, es fundador de La Astilla en el Ojo, un proyecto que nació como una intuición universitaria y que hoy se consolida como una agencia de comunicación cultural con alcance nacional e internacional.

La astilla en el ojo
@laastillaenelojo

Julián se dedica a la gestión cultural y al diseño editorial. Principalmente esas dos son sus acciones desde hace diez años. Su historia con La Astilla en el Ojo comenzó hace 15 años, cuando junto a otros inquietos universitarios se preguntó qué pasaría si creaban una revista digital. Era 2011 y, aunque las redes sociales ya existían, el ecosistema digital en el Eje Cafetero apenas comenzaba a explorarse con intención estratégica.

La idea tenía dos motores: uno creativo y otro comunicativo. Por un lado, experimentar con el formato digital; por el otro, abrir espacios para visibilizar a quienes no estaban siendo vistos. “Había una urgencia, una necesidad de espacios alternativos de difusión que aprovecharan lo digital”, recuerda. Esa intuición terminó convirtiéndose en emprendimiento. Tras su paso por ParqueSoft, donde afinaron el modelo de negocio, decidieron decantarse por lo que hoy los define: una agencia de comunicación cultural enfocada en fortalecer el sector creativo.

Visibilidad, formación y acompañamiento

Constituida formalmente como corporación en 2016, La Astilla en el Ojo ha centrado su trabajo en el fortalecimiento de creadores, especialmente emergentes. Lo hacen a través de proyectos de visibilidad, procesos de formación y acompañamiento a carreras creativas. También desarrollan iniciativas autogestionadas y ofrecen servicios de comunicación cultural a marcas culturales y comerciales. “Siempre estamos muy abiertos a alianzas, a relaciones que permitan ampliar esa capacidad de acción”, explica Julián. El foco principal ha sido el Eje Cafetero, aunque varios proyectos han alcanzado circulación nacional e incluso visibilidad internacional.

El territorio como escuela estética

Hablar con Julián es escuchar una lectura cultural del paisaje. Para él, el Eje Cafetero no es solo una región geográfica, sino una experiencia estética constante. “Las condiciones territoriales determinan una diversidad en el paisaje, una diversidad en la experiencia del paisaje”, reflexiona. En cuestión de minutos se puede pasar de la montaña al río frío o cálido, de una zona urbana a un relieve abrupto. Esa multiplicidad de escenarios influye, según él, en la capacidad creativa de quienes habitan el territorio. “Estamos constantemente influenciados por experiencias estéticas diversas. Eso hace que tengamos mucha información y capacidad de respuesta ante los estímulos creativos”.

Pero el paisaje no es el único factor determinante. La bonanza cafetera y la modernización acelerada también marcaron profundamente la identidad regional. El choque entre la vida rural y el acceso a nuevas dinámicas económicas transformó ciudades intermedias como Pereira, generando migraciones, crecimiento urbano y nuevas aspiraciones sociales. “Fue una forma de globalización marcada por un producto muy local: el café”, señala. Ese cruce entre lo local y lo global sigue siendo una clave en su manera de entender la gestión cultural: procesos autónomos y orgánicos que dialogan con el mundo sin perder raíz.

Diseñar desde las montañas

Esa visión encontró un escenario concreto en Madrid. La Astilla en el Ojo fue invitada por Grupo GIE y Kalima Inc. a realizar la curaduría y convocatoria de la exposición Diseñar desde las montañas, junto a Leoandro Hernández, en el marco del Madrid Design Festival. La muestra reunió estudios y agencias del Eje Cafetero que han desarrollado proyectos vinculados al patrimonio cultural, el paisaje y las identidades locales. “Nos interesa mucho poner sobre la mesa preguntas como qué significa diseñar desde las montañas”, comenta. La selección incluyó proyectos de branding, diseño editorial, campañas y propuestas textiles provenientes de Pereira, Armenia y Cartago. Julián aclara que no se trató de una selección totalizadora: “No queremos decir que estos son los mejores estudios. Es simplemente una selección subjetiva de lo que tenemos a nuestro alrededor”.

La experiencia, más que un logro aislado, representa una estrategia: salir del circuito endógeno y abrir escenarios internacionales para la circulación del diseño regional. “Esperamos que no sea el único proceso, sino que podamos seguir trabajando en este método para acceder a otros escenarios de circulación de la creatividad y las artes”. Uno de los hallazgos curatoriales fue la libertad técnica de los diseñadores convocados. “No hay miedo a mezclar técnicas, no hay miedo a mezclar materialidades”, destaca. Desde el uso de inteligencia artificial como motor creativo hasta el origami y el plegado manual, la conexión entre lo digital y lo artesanal aparece como rasgo distintivo.

Trabajo, convicción e innovación

Cuando se le pregunta por los aprendizajes que deja el camino recorrido, Julián vuelve a lo esencial: disciplina y confianza. “Definitivamente lo primero es mucho trabajo, una dedicación constante y un compromiso consigo mismo”, afirma. Para él, es clave entenderse como “emprendedor de sí mismo”, alguien que construye un modelo de negocio basado en su talento y servicios. También insiste en la importancia de la actualización tecnológica. “Un diseñador que sepa manejar herramientas de inteligencia artificial está un paso más adelante por agilidad, competitividad e innovación”. No se trata solo de usar herramientas, sino de integrarlas con criterio en procesos creativos sólidos.

Entre montañas, migraciones, café y diseño, Julián Salazar Valencia ha tejido una apuesta clara: fortalecer el ecosistema cultural desde el territorio, pero con la mirada puesta en el mundo. Su trayectoria demuestra que la gestión cultural no es únicamente administración de proyectos, sino construcción de sentido.

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