Estudio: Plegado
@plegado
Su historia no comenzó en el diseño. “Yo empecé a estudiar ingeniería de sistemas, pero fue más algo como que mi mamá dijo: estudia esto. En ese momento no tenía la capacidad económica de pagar otra cosa, entonces entré a ingeniería como por no quedarme sin hacer algo”. Fue allí, en medio de códigos y estructuras lógicas, donde descubrió el origami más allá de la manualidad. “Descubrí el origami de una manera más conceptual, diferentes tipos que se ensamblan en módulos y forman figuras geométricas. Me pareció muy interesante y empecé a investigar, a hacer mis propias figuras”.
Tiempo después dejó la ingeniería, regresó de Bogotá a Armenia e ingresó a estudiar Diseño Visual. En la universidad entendió que cada creador necesita una línea gráfica que lo diferencie. La suya ya estaba clara: el papel. “Cuando había que construir una marca o un empaque, yo siempre lo hacía relacionado con origami. Me parecía muy bacano enlazar la parte manual con la digital, cómo se vinculaban y tenían una narrativa a través del papel”.
Del pliegue manual al polígono digital
El origami, sin embargo, tiene límites. “Uno solo dobla, no se graba, no se pega, no se corta. Si quisiera generar movimiento o una expresión, es muy limitado”. Esa inquietud lo llevó a explorar el paper craft, técnica que parte de modelados 3D de pocos polígonos que luego se ensamblan de manera análoga. Ahí encontró su territorio creativo: la geometría como síntesis.
“Mi trabajo se basa en polígonos. Siempre son ángulos, triángulos o hexágonos. Muy pocas veces utilizo elementos orgánicos. Entre menos polígonos pueda tener y comunicar, mejor. Si puedo hacerlo con 12, perfecto. Si necesito 14, listo. Pero si con 80 hago un dedo muy pulido, me complica más la vida. Para mí no funciona”.
Su apuesta estética es también una postura de vida. “Para mí lo que es menos, es más”. Esa filosofía la conecta directamente con el ritmo del Quindío. “Aquí hay menos centros comerciales, carreteras más angostas, menos industria, pero la calidad de vida es muchísimo mejor. Se vive más tranquilo, más relajado”. Así como reduce polígonos en sus composiciones, busca reducir saturación en su cotidianidad.
Inspiración: montañas, café y territorio
Desde su estudio, con una ventana que funciona como mirador, observa guaduas, matas de café, plátano, mandarina y flores que conviven sin competir. “Es la cantidad de elementos que hay que, al ser diferentes, no generan ruido sino una composición”. Las montañas son, para él, una escuela silenciosa. “A pesar de ser tan imponentes, contemplarlas da calma”. Esa sensación fue una de las cosas que más extrañó cuando vivió en Bogotá.
El café atraviesa su obra como símbolo y materia. En una exposición en Tampa, Estados Unidos, presentó tres piezas pintadas con café; la última incorporaba el mapa de la región como fondo. La obra recibió una mención de honor. “El café como pintura era cómo yo representaba la región y cómo me sentía orgulloso de donde iba”.
Fuera de contexto, aquello que para él es cotidiano se vuelve disruptivo. “Cuando uno sale de esa burbuja se da cuenta de que lo que es normal para uno puede ser irreverente en otro lugar. Genera choque, pero también diálogo”.
Proyecto seleccionado para la exposición “Diseñar desde las montañas”, en el Madrid Design Festival 2026.
Entre lo local y lo global
Velazco es crítico frente a las tendencias que diluyen la identidad. “A veces, si uno se deja llevar tanto por las tendencias, pierde lo propio”. Lo explica con una comparación simple: “Nosotros le decimos tinto o tintico, pero parece que comercialmente suena mejor americano. Uno sabe que si pide un tinto es un café”.
Para él, el reconocimiento no se mide en métricas digitales sino en cercanía real. “Es más importante el tacto con las personas locales o nacionales que el reconocimiento en redes sociales”. En su visión, el diseño regional no debe quedarse en el cliché del campesino, la peinilla o la montaña literal. “El diseñador local debe hablar de una manera universal, pero sin perder su identidad. Dejar el cliché y transformar”.
Plegado: inspiración en doce caras
Uno de los proyectos que mejor sintetiza su pensamiento fue la estatuilla de los premios “Quindío Inspira”. Partiendo del paisaje y de la idea del ser humano como eje, diseñó una figura geométrica con un elemento central: un dodecaedro de doce caras, símbolo de los doce municipios del departamento. “Tomé la persona sin sexo definido, sin rasgos característicos. Representé los pisos térmicos y los relieves con diferentes colores y volúmenes. Pero siempre hay un factor diferenciador en el interior de cada persona: esa chispa que inspira”. Al girar la figura, se descubre el interior geométrico como núcleo de inspiración. Una metáfora del territorio y del ser: múltiples relieves, un mismo origen.
Especializarse en medio del ruido
En un mundo saturado de herramientas y posibilidades, Velazco apuesta por la profundidad. “Hoy hay tantas cosas que uno se abruma. A veces cree que tiene que saber manejar todo. Pero el que hace de todo no se especializa en nada”. Su trabajo, entonces, no es solo plegar papel o modelar polígonos. Es plegar el territorio hasta convertirlo en símbolo. Es reducir la forma para amplificar el mensaje. Es demostrar que desde una región pequeña —entre montañas, guaduales y tazas de café— se puede construir un lenguaje universal sin renunciar a lo propio.
En cada arista de sus piezas hay una convicción: simplificar no es empobrecer, es entender la esencia. Y Jhon Velazco ha decidido que su esencia está hecha de geometría, paisaje y orgullo quindiano.


